
Las RATAS JUDIAS desalojan a una PERRA JUDIA
La policía judia se empleó ayer a fondo para desbaratar el último desafío al Estado de los colonos judíos más radicales. Tres semanas después de que el Tribunal Supremo fallara a favor de evacuar de una casa de Hebrón a una veintena de familias, unos 600 agentes expulsaron del inmueble a 250 fanáticos que, procedentes de otros asentamientos de Cisjordania, se habían atrincherado y amenazado con emplear la violencia para impedir el desalojo. Una veintena de uniformados y colonos resultaron heridos leves -la mayoría por inhalación de gas lacrimógeno- en una operación resuelta en menos de una hora, y a la que siguió el desenlace habitual: un ataque a los palestinos, tres de ellos heridos de bala.
Una hora antes de la irrupción de la policía, Baruch Marzel, líder de los mesiánicos -varios de ellos armados-, se mostraba enérgico: “Lucharemos con todo nuestro poder. Estamos salvando al “Estado de Israel”. Si no podemos vivir en esta casa, tampoco podremos vivir en Tel Aviv o Haifa”.
Cuando comenzó la operación y a levantarse la arena en pleno tumulto, la firme amenaza se disolvió en la polvareda. Buena parte de los colonos, algunos de ingenuidad conmovedora, no ha cumplido 18 años. La mayoría sabía que, tarde o temprano, serían desalojados. Su oposición se redujo a poco más que pataleos.
Son ya dos meses de vandalismo desatado por los colonos más extremistas en Cisjordania. “Esto es una guerra religiosa”, comentaba un adolescente de Toronto, ahora estudiante de una escuela talmúdica en Jerusalén.
Desde los asentamientos han asaltado pueblos palestinos, incendiado docenas de vehículos, profanado tumbas musulmanas y mezquitas, atacado a los soldados israelíes, pinchado las ruedas de sus vehículos, cortado carreteras, arrancado olivos… Los oficiales del Ejército israelí acusan a los jóvenes judíos de prender la mecha de los continuos altercados de los últimos días en Hebrón, que cuenta con 180.000 habitantes palestinos y 600 colonos que viven incrustados en el corazón de la ciudad, protegidos por más de mil militares. “No pueden permitirse pogromos en “Israel”, había dicho el primer ministro, Ehud Olmert.
Siempre tratados con guante de seda, el ministro de Defensa, Ehud Barak, negoció hasta la mañana de ayer con el Consejo Yesha, el organismo que representa a la mayoría de los colonos, el desalojo pacífico de esta casa ocupada desde marzo de 2007. Pero no llegaron a un acuerdo.
Poco después de la evicción, decenas de colonos marcharon a la ciudad vieja de Hebrón. Calcinaron coches de árabes y se enfrentaron a pedradas con los vecinos, tres de ellos tiroteados. “Barak ha lanzado una cerilla en un barril de pólvora”, advirtió Danny Dayan, líder del Consejo Yesha. Por la noche, grupos de colonos atacaron pueblos palestinos por toda Cisjordania.

El ayatolá Ahmad Yannati, a cuyo cargo ha estado hoy el sermón del viernes en la Universidad de Teherán, ha manifestado que “la franja de Gaza se ha convertido en la casa del luto”, frase en la que ha utilizado un juego de palabras por la semejanza entre los términos Gaza y luto en persa.
“Uno se queda perplejo e ignora si estos sionistas son seres humanos descendientes de Adán y Eva o bien de otra especie, a no ser que el corazón humano pueda soportar perpetrar todos estos crímenes contra mujeres y niños indefensos y oprimidos”, añadió.
“La población de Gaza asediada por los soldados del régimen usurpador sionista está viviendo de la peor de las maneras posibles sin las mínimas medidas de higiene y sin medicinas y padeciendo escasez de alimentos”, protestó.
El ayatolá Yannati criticó por otro lado a los países musulmanes por “callar ante semejantes crímenes” y lanzó una maldición sobre aquellos países islámicos “que guardan silencio ante esa injusticia.”

Señor Secretario General, Excelencias, Hermanos y hermanas,
Me presento hoy aquí ante ustedes con sentimientos encontrados en este acto organizado por el Comité para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino con motivo del Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Como saben, el concepto de “solidaridad” ocupa un lugar primordial en mi labor como Presidente de la Asamblea General. Quiero agradecer al Comité por los esfuerzos que realiza para despertar nuestra solidaridad con el pueblo palestino, en cumplimiento del mandato que le confió la Asamblea.
Hoy recordamos que este mes se cumplen 61 años desde que la Asamblea General aprobó la histórica resolución 181, en la que instó a crear un Estado judío y un Estado árabe. El Estado de Israel, fundado un año después, en 1948, celebra ahora 60 años de existencia. Es vergonzoso que todavía no podamos celebrar la existencia de un Estado palestino.
Como declaré en el primer discurso que pronuncié ante la Asamblea General en septiembre de este año, creo que el hecho de que no se haya cumplido la promesa de crear un Estado palestino es el principal fracaso de la historia de las Naciones Unidas. Han pasado 60 años desde que unos 800.000 palestinos fueron obligados a abandonar sus hogares y propiedades y se convirtieron en refugiados y en un pueblo desarraigado y marginado.
No podemos evitar reconocer, con tristeza, que resulta paradójico que el próximo mes se cumplan 60 años desde la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que consagra el derecho a la libre determinación de ese mismo pueblo. Somos testigos desde hace décadas de las terribles condiciones de vida que padece la población en todo el territorio palestino ocupado, y sin embargo, la promesa de una patria propia hecha al pueblo palestino, y su derecho a esa patria, siguen tan difíciles de alcanzar como siempre.
En este preciso instante, casi 1,5 millones de palestinos padecen un bloqueo sin precedentes de la Franja de Gaza. Todos los cruces de frontera hacia Gaza están cerrados, lo que impide incluso el suministro de socorro humanitario de emergencia por las Naciones Unidas. La falta de combustible está obligando a la población a vivir en la oscuridad y el frío, se están acabando los medicamentos básicos, la malnutrición es crónica y se están agotando los mecanismos disponibles para sobrellevar esta situación.
En solidaridad con los afectados, insto a la comunidad internacional a que levante la voz contra este castigo colectivo que se está infligiendo al pueblo de Gaza. Debemos exigir que terminen estos abusos generalizados de los derechos humanos. Pido a Israel, la Potencia ocupante, que permita la entrada inmediata de suministros de socorro humanitario y de otro tipo a la Franja de Gaza.
La situación en la Ribera Occidental suele quedar eclipsada por la gravedad de la crisis humantiaria en Gaza. Sin embargo, hay que recordar que en esa zona existen más de 600 puestos de control y otros obstáculos a la libertad de circulación. Debemos denunciar la reanudación de las demoliciones de viviendas durante los meses de invierno y la agresiva expansión de los asentamientos, que sigue contando con autorización oficial. Los ataques violentos de los colonos contra la población palestina, que han aumentado sin precedentes, también deben terminar. Si bien hay diferencias, lo que se está haciendo actualmente contra el pueblo palestino parece una versión de la odiosa política de apartheid.
Esta situación insostenible demuestra claramente la urgente necesidad de reanudar un verdadero proceso de paz que pueda dar resultados tangibles en el futuro próximo. Hasta ahora, las interminables negociaciones entre dos partes muy desiguales no han dado fruto. Lo que necesitamos es un nuevo sentido de la solidaridad que inspire voluntad política, valentía y una perspectiva más amplia del conflicto. Esto debería suponer, entre otras cosas, la revitalización de la Iniciativa de Paz Árabe de 2002.
La comunidad internacional no debe escatimar esfuerzos por ayudar tanto a israelíes como a palestinos a alcanzar una solución que conduzca al objetivo de la coexistencia de dos Estados, Israel y Palestina, uno junto al otro en condiciones de paz y seguridad. Las Naciones Unidas siguen teniendo actualmente la responsabilidad de resolver la cuestión de Palestina en todos sus aspectos y de conformidad con el derecho internacional. Asegurémonos de que ésta no se convierta en una responsabilidad permanente.
La enemistad entre nuestros hermanos y hermanas palestinos e israelíes es una amarga tragedia que se autoperpetúa sin cesar. Debemos hallar nuevas formas de limar esa enemistad, para ayudar a ambos pueblos a restablecer sus históricos vínculos fraternales. Exhorto a la comunidad internacional a que los ayude a salir del estancamiento político que ha hecho que se haya ido perpetuando cínicamente esta situación de odio, aislamiento y abusos. Nuestra solidaridad debe impulsarnos a adoptar medidas concretas para hacer realidad esos derechos, tan inalcanzables para algunos pero que la mayoría de nosotros damos por sentados.
Gracias.
Fuente: Rebelion

El Presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto Brockmann, acusó a Israel de apartheid e hizo un llamamiento “a una campaña de boicot, desinversión y sanciones” contra Israel.
Durante el Día de Solidaridad con el Pueblo Palestino celebrado el lunes [24 de noviembre] en la ONU, el nicaragüense Miguel d’Escoto Brockmann afirmó también que “nuestros hermanos y nuestras hermanas palestinos están siendo crucificados” por Israel.
Miguel d’Escoto Brockmann acusó a Israel de apartheid dos veces el pasado lunes, una por la mañana en la reunión anual del Comité de Naciones Unidas sobre el Ejercicio de los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino, y otra en la Asamblea General de la tarde.
“Esta mañana he hablado sobre el apartheid y sobre lo similares que son las políticas que aplica Israel en los territorios palestinos y las del apartheid de los primeros tiempos en otro continente. Creo que es muy importante que nosotros, Naciones Unidas, utilicemos este término”, afirmó. “No debemos tener miedo a llamar a algo lo que es. A fin de cuentas, Naciones Unidas es quien aprobó la Convención Internacional contra el Crimen de Apartheid para dejar claro a todo el mundo que estas prácticas de discriminación oficial deben ser proscritas ahí donde ocurran”.
“Hace más de veinte años nosotros, Naciones Unidas, nos pusimos a la cabeza de la sociedad civil cuando acordamos que las sanciones eran necesarias para proporcionar un medio no violento de presionar a Sudáfrica … Hoy, quizá nosotros, Naciones Unidas, deberíamos considerar ponernos a la cabeza de una nueva generación de sociedad civil que está haciendo un llamamiento a una similar campaña no violenta de boicot, desinversión y sanciones para presionar a Israel…”.
Anne Bayefsky, directora de [la revista] EYEontheUN arremetió contra las palabras de Miguel d’Escoto Brockmann.
“El ataque de Miguel d’Escoto Brockmann es un flagrante abuso de su puesto de Presidente de la Asamblea”, afirmó. “Sabe muy bien que su injuriosa opinión personal sera traducida a seis lenguas y difundida por internet a todo el mundo”.
“En efecto, el llamamiento de Miguel d’Escoto Brockmann fue un llamamiento a la destrucción política de Israel por medio de la misma estrategia que la adoptada contra el apartheid de Sudáfrica”, continuó Bayefsky.
Durante el acto del lunes en la ONU ondearon sólo dos banderas, la de Palestina y la de Naciones Unidas.

Seguramente todos los Estados-nación del mundo tienen sus mitos fundacionales: una batalla o guerra, una revolución, un reinado. Se trata fundamentalmente de acontecimientos históricos que se consideran una especie de cristalización de fuerzas internas cuya dialéctica se dirige precisamente en esa dirección de “unidad de destino” (concepto procedente de la filosofía política alemana) que es el Estado-nación.
Menos frecuentes son los que denominaremos “mitos de legitimación”, que son los creados –“inventados” en la terminología de Hobsbawm– para dar un sentido a la existencia del Estado; estos mitos de legitimación suelen darse en los Estados imperiales; así, la defensa del catolicismo para la España de los Austrias, la mision civilisatrice para la Francia decimonónica, la promoción y defensa de la libertad para Estados Unidos, la patria del socialismo para la URSS. Algunas dictaduras crean mitos de este tipo para dar un contenido trascendente a su existencia: la España bastión frente al bolchevismo del franquismo, la Italia que recrea las glorias latinas del fascismo o la patria aria del nazismo. Estos mitos, a diferencia de los fundacionales, desaparecen con la transformación de la naturaleza del Estado o la extinción de éste, de modo que poner de relieve su inconsistencia –que no significa carencia de fuerza movilizadora– permite avanzar en la abolición de estructuras de pensamiento que, si bien confortan a algunos, perjudican a los que se encuentran al margen de ellas, que suele ser una mayoría.
Una de las excepciones de Israel es la existencia de potentes mitos de legitimación al lado de los fundacionales: El Estado judío, la obra fundacional de Herzl; las migraciones o aliya; la primera victoria del “David” israelí frente al “Goliat” árabe o el “milagroso” abandono de sus tierras por parte de la población palestina. El acuerdo de la ONU de 1948 es una decisión jurídica de escaso valor mitificador, aunque ha sufrido manipulaciones por parte israelí para acomodarla a su voluntad expansionista. De tales mitos de legitimación, o de algunos de ellos, se tratará a continuación.
Es preciso decir que esos mitos sólo parcialmente se integran en el corpus de la teoría sionista, que, en esencia, es una teoría nacionalista con fuertes componentes volkisch, propios de la tradición alemana, y elementos de los «nacionalismos antiliberales de la Europa central y oriental» (Sternhell). Estos mitos, cuya fuerza procede de su apelación a los sentimientos, se encuentran en la periferia de la teoría pero posiblemente sean más eficaces que ésta, tanto de cara al interior como al exterior de Israel.
Primer mito: el origen bíblico
Curiosamente, la idea de que la Biblia da un título de propiedad a los judíos sobre Palestina no es judía: procede de la tradición protestante y está relacionada con la exégesis bíblica a partir de la libre interpretación del libro sagrado; aparentemente, el primer texto que invita a la creación de un Estado judío en Palestina es Apocalypsis Apocalypseos (1585), del sacerdorte Thomas Brightman; esta idea tuvo fortuna durante las revoluciones puritanas, y Cromwell era partidario de ella. Con el dispensacionalismo del siglo XIX, el regreso de los judíos a “Tierra Santa” se inscribió en un proceso históricamente necesario para llegar a la segunda venida de Cristo y el fin de los tiempos. La Declaración Balfour (1917), por la que el ministro de Asuntos Exteriores británico de dicho nombre comunicaba a Walter Rothschild su opinión favorable a la creación de un “hogar nacional judío”, es heredera de esas corrientes de opinión. De hecho, el libro de Herlz no cita Palestina como meta nacional.
De forma paradójica, fueron los sionistas laicos los que con mayor firmeza se basaron en la Biblia para apoyar sus proyectos. Así, en 1919, el laico ruso Ushishkin dijo en la conferencia de Versalles: «En nombre… de los judíos de Rusia, [vengo a] presentar la exigencia histórica del pueblo judío: por nuestro retorno a nuestras propias fronteras, por la devolución a los judíos de la tierra que el Poder Supremo nos prometió hace cuatro mil años… Pedimos que nos restituyan aquel robo histórico».
Ben Gurion, por su parte, consideraba firmemente que la Biblia avalaba el «sacrosanto derecho del Pueblo Elegido». Y concluía: «Aunque rechazo la teología, el libro más importante de mi vida es la Biblia». El libro bíblico preferido por Ben Gurion era el de Josué, el conquistador de Jericó que aniquiló a los cananeos y cuyas campañas se estudian en las escuelas, en consonancia con las palabras de Moshe Shertok, primer ministro de Asuntos Exteriores israelí: «Hemos olvidado que no hemos venido a una tierra vacía para heredarla, sino que hemos venido para conquistar un país que lo habita, que lo gobierna en virtud de su lengua y su cultura salvajes».
Es imposible no observar la contradicción que late en estas tomas de posición: recuperar una tierra que quizá se abandonara –porque ni en las fuentes romanas ni en el historiador contemporáneo judío Flavio Josefo existe ninguna referencia a una “diáspora”; lo más posible es que la mayoría de la población acabara convirtiéndose a las religiones dominantes– casi dos mil años atrás, sólo es posible si el donante es una figura que está por encima de las convenciones que marcan la moral, la lógica y el sentido común. El ascenso del pensamiento religioso en el Israel actual está prefigurado en el biblismo laico. Los resultados son, como afirma el profesor de la universidad de Haifa Benyamin Beit-Hallahmi, que «hoy en día, la mayoría de los israelíes consideran la Biblia una fuente de información histórica fiable de tipo político, laico… En Israel la historización de la Biblia es una empresa de carácter nacional… Afirmar que esta antigua mitología es verdadera historia es una parte esencial del nacionalismo sionista laico…» Al empeño de corroborar la historicidad de la Biblia se dedicaron esfuerzos intelectuales considerables a partir del siglo XIX, cuando empezó a desarrollarse la que se ha llamado “arqueología bíblica”, un esfuerzo que continuó con entusiasmo el Gobierno israelí, con renovado interés a partir de la guerra de 1967 y la anexión de “Judea y Samaria”, en la terminología bíblica para referirse a Cisjordania. Los resultados fueron decepcionantes: los restos de la civilización israelí resultaron ser muy escasos y además poco significativos: ningún resto de los momentos más gloriosos de la historia bíblica, como los reinados de David y Salomón, nada que fuera más allá de lo propio de una civilización material poco desarrollada. De modo que, a pesar de los esfuerzos, las excavaciones y los hallazgos, han llegado a esta conclusión, en términos de los arqueólogos israelíes Finkelstein y Silberman (citados en la obra de Nur Masalha La Biblia y el sionismo, Bellaterra, Barcelona, 2008): «En efecto, desde finales de los años sesenta los descubrimientos arqueológicos han revolucionado el estudio del antiguo Israel y han sembrado serias dudas sobre la base histórica de relatos bíblicos tan conocidos como las andanzas de los patriarcas, el éxodo de Egipto, la conquista de Canaán y el glorioso imperio de David y Salomón».
Y Zeev Herzog, de la universidad de Tel Aviv y director del Instituto de Arqueología resume: «Esto es lo que los arqueólogos han hallado: que los israelitas no estuvieron nunca en Egipto, no atravesaron el desierto, no conquistaron la tierra en una campaña militar y no la transmitieron a las doce tribus de Israel. Quizá resulta más difícil aceptar que la monarquía unida de David y Salomón… fue como mucho un reino tribal. Y para muchos será un shock desagradable saber que el Dios de Israel tenía una consorte femenina y que… se adoptó el monoteísmo no en el monte Sinaí, sino en el ocaso de la monarquía…»
Lo cierto es que la mayoría de los arqueólogos están de acuerdo con estas afirmaciones. Actualmente se tiende a considerar que los textos bíblicos fueron escritos en una fecha muy tardía (siglo VI antes de nuestra era o más tarde), posiblemente en Babilonia, recogiendo mitos “auténticos”, presentes en otras culturas (el diluvio universal, el jardín del edén), acontecimientos milagrosos y verdaderas novelizaciones de tradiciones remotas, conocidas a partir de numerosas mediaciones, todo ello escrito con el fin, en términos de Giovanni Garbini en Historia e ideología en el Israel antiguo (Bellaterra, Barcelona, 2002), «de afirmar una tesis (ideología)». Así pues, los distintos redactores de la Biblia no pretendieron en ningún momento escribir historia, sino crear un corpus ideológico que sirviera de referente a un pueblo con grandes dificultades de cohesión. De hecho, los primeros talmudistas, como los primeros cristianos, expurgaron los textos que peor se acomodaban a sus intereses. Ello no obsta para que, a fines del siglo XX, un 55% de la población israelí crea en la historicidad de la Biblia, frente a un 14% que la rechazaba totalmente.
Toda historia nacionalista es en buena parte una historia mítica: narra un esfuerzo colectivo para crear, engrandecer o retrasar el proceso nacionalizador de un pueblo determinado. Para ello reinterpreta o selecciona los datos de la realidad histórica. Los problemas de convertir la Biblia en historia nacional son mucho más grandes: por un lado, pensar que un Estado moderno es el sucesor de otro desaparecido hace 2.000 años (la destrucción de Jerusalén tuvo lugar en el año 70 después de nuestra era) es un verdadero despropósito que sólo resulta concebible desde una fe muy arraigada o un cálculo perverso; por otro, la Biblia no es una reelaboración nacionalista de los datos del pasado: es directamente, y en buena parte, una obra de ficción, con muy débil sustrato real, que, por mucho que pudiera confortar a espíritus religiosos, proyecta unos valores (presencia de Dios en la Tierra, idea del Pueblo Elegido, odio feroz al enemigo) que tienen poco que ver con la racionalidad.
Segundo mito: la superioridad moral
La confluencia de la creencia en la condición de los judíos de pueblo elegido (que aún hoy acepta el 68% de la población israelí) y una aguda y poco matizada conciencia de haber sido perseguidos sistemáticamente, dio a los pioneros del nuevo Estado la convicción de una superioridad moral (ellos eran los justos de la Tierra, los no contaminados por el afán de dominio) que se trasladaría al mismo; como dice el progresista crítico Avraham Burg, ex presidente de la Agencia judía y del Knesset, el Parlamento israelí: «Nuestra vocación era convertirnos en un modelo, la “luz de las naciones»; aunque añade: «Y hemos fracasado» (artículo “La revolución sionista ha muerto”, 2002). Es esa conciencia de superioridad moral lo que ha producido en el establishment israelí una actitud arrogante que se manifiesta en las sistemáticas acusaciones de antisemitismo dirigidas a todos los críticos con su política. Y también lo que lleva a los israelíes, incluso a los más progresistas, a no poner en cuestión los criterios de legitimación de su Estado; de ese modo, el citado Burg afirma: «La realidad, al cabo de 2.000 años de lucha por la supervivencia, es un Estado que establece colonias…» Los comportamientos depredadores, para él, no comenzaron en 1948, sino en 1967. En el mismo sentido, el diario progresista Haaretz declaraba en 1967: «Nuestro derecho a defendernos del exterminio no nos da el derecho a oprimir a los demás… La confiscación de los territorios ocupados nos convertirá en asesinos». Por supuesto, contra quienes se proyecta más acusadamente esa superioridad moral es contra los palestinos; se trata de una actitud típicamente colonial; el colonizado (schwartz, “negro”, era el término despectivo de los primeros colonos hacia los palestinos) es ignorante, incapaz de trabajar con constancia, y eso se nota en el estado de postración material y espiritual en que se encuentra; más aún, es invisible. Buena parte de la propaganda –incluida la que se disfraza como educación– se basa en que Palestina era una tierra prácticamente vacía, habitada por grupos seminómadas que en última instancia no se sentían apegados al país y que perfectamente podían trasladarse a cualquier otro territorio árabe. Eso, según la propaganda y en contra de las abrumadoras pruebas históricas, en buena parte debidas a los “nuevos historiadores” israelíes, explica la facilidad con que abandonaron sus casas. Esa invisibilidad se muestra palmariamente en un manifiesto de apoyo al Estado de Israel elaborado por “personas de izquierdas” españolas (www.aseiweb.net) en el que acusa de la hostilidad hacia Israel exclusivamente al antisemitismo, sin hacer ni una sola referencia a la actitud israelí hacia el pueblo palestino.
Donde se hace más patente esa conciencia es en la tesis de la “pureza de las armas” (tohar haneshek). Dicha idea surge, según el sociólogo Uri Ben Eliécer, «… de la tradición revolucionaria y socialista de la dirección del yisuv [la comunidad judía de la Palestina preestatal] y evoca al mismo tiempo las nociones de moralidad, de alto nivel de conciencia y de motivación ideológica. La guerra de Independencia instaurará después esta expresión como efigie identificativa de la talla moral constitutiva y superior del Ejército israelí».
La “pureza de las armas” implica para los israelíes el “uso mínimo de la fuerza”, poner el “énfasis neoortodoxo, laico y reformista en los valores éticos y morales que derivan de la tradición profética”. Los hombres y mujeres de las Fuerzas de Defensa de Israel “mantendrán la humanidad” incluso en el combate y no usarán sus armas contra los no combatientes y prisioneros de guerra.
El balance de la “pureza de las armas”, al margen de lo creativo del nombre, que se inserta en una tradición judía (“justos absolutos y únicas víctimas”), no puede ser más decepcionante, y eso desde el principio: las matanzas de 1948 (no sólo la famosa de Deir Yasin, única reconocida por Israel) fueron abundantes: Safsaf, Gish, Sasa Saliha Deir al-Asad, Kabri…, así hasta 16 como mínimo (Masalha, 2008; Sylvain Cypel, Entre muros, 2006). Ello llevó al historiador israelí Uri Milstein a decir: «En todas las guerras de Israel se han cometido matanzas, pero no albergo ninguna duda de que la guerra de Independencia fue la más sucia de todas». La consecuencia de esta guerra fue la práctica desaparición de la huella palestina, vieja de 1.200 años, en Israel.
Es difícil saber si la situación fue peor después de 1967 y, sobre todo, después de la primera Intifada (1987-91): lo cierto es que la prensa ha dado cuenta de infinitas irregularidades: muerte masiva de no combatientes, incluidos niños, saqueos, detenciones ilegales, humillaciones…, cuya frecuencia y gravedad van mucho más allá de “abusos esporádicos” y sugieren una táctica implícita.
Si bien la superioridad moral puede servir de coartada de todos los excesos (Israel se concibe como una isla de humanismo, democracia y bienestar en un océano de tiranía y barbarie), lo cierto es que la sistemática violación de los derechos más elementales de la población palestina a partir de 1967 significa el fin de una época, el fin de la inocencia. Hoy día Israel es un Estado férreamente conservador, violento, despectivo hacia la opinión internacional; un Estado, como denuncian muchos israelíes de buena voluntad, contaminado por su carácter colonial. Y otro dato que haría revolverse en sus tumbas a los padres de la patria: ha aparecido la plaga de la corrupción.
Tercer mito: la Shoah israelí
La Shoah, el holocausto de los judíos del centro y este de Europa (aunque no sólo de ellos) a manos del régimen nazi, es uno de los acontecimientos más terribles de muestra modernidad, hasta el punto de haberse convertido en una verdadera materialización del Mal. Por sus propias características –afecta a la conciencia europea, el continente del que formaban parte víctimas y verdugos, por su trascendencia y las dimensiones de los comportamientos individuales y colectivos implicados en ella– es un acontecimiento universal, una llamada a las conciencias de todos los occidentales, responsables de otros genocidios (el de los indígenas norte y sudamericanos, el de los africanos, aparte de los genocidios tutsi y camboyano), de los que apenas los separa el método y la planificación del nazi y el hecho de que éste hubiera sido perpetrado en la civilizada Europa, por uno de sus países emblemáticos y sobre personas que en buena parte compartían la cultura del opresor.
Como el resto de Occidente, Israel tuvo al principio una postura ambivalente hacia la Shoah. Por una parte, porque los muertos fueron como “corderos al matadero” (Jeremías, 51), en contra de la imagen de fortaleza frente a los enemigos que pretendía dar el nuevo Estado. Por otra, la Shoah demostraba post factum que los judíos no necesitaban un hogar propio, vista la imposibilidad de convivir con quienes siempre los habían perseguido. El Vad Yashem, creado en 1953, guarda la memoria de las víctimas del Holocausto y a él se suele llevar a los niños para que no olviden. Sin embargo, a partir de 1967, cuando las críticas al Estado de Israel aumentaron con la ocupación de Gaza y Cisjordania, Israel echó mano de forma intensiva al recuerdo del Holocausto. En primer lugar, estableciendo una identificación en muchos aspectos abusiva entre la tragedia (de la que se expurgó a gitanos, homosexuales, comunistas y simples soldados soviéticos) y el Estado sionista, al cual pretendía exculpar, a través de la maldad etnocida, de las maldades propias. En palabras del historiador Yehudá Elkana, en un artículo titulado “En pro del olvido” (Haaretz, 1988), se pasó del «esto no puede ocurrir nunca más» al «esto no puede ocurrirnos nunca más». La “invención” de un absoluto que subsume todo lo concreto ayuda a explicar por qué, ante las acusaciones de brutalidad o conculcación de los derechos humanos, el Estado de Israel apela sistemáticamente a acusar de antisemitismo a personas, organizaciones… a Europa entera si es preciso.
Cara al interior, los efectos de la sobreexposición de la Shoah son también perniciosos. El ya citado Elkana observa en ella peligros para la democracia («el culto del pasado y la adicción al “recuerda” minan los fundamentos de la democracia») e incluso para la conciencia colectiva («¿Qué puede hacer un niño con este tipo de recuerdos? Muchos de ellos sólo han visto [en la visita a Yad Vashem] una llamada al odio»). Por lo que concluye: «Tampoco deseo que se deje de estudiar la historia de nuestro pueblo. Tan sólo trato de luchar para que la Shoah deje de ser el eje central de nuestra existencia nacional».
Como conclusión
Yehudá Elkana, en el artículo citado, afirma: «Creo que si la Shoah no estuviera tan profundamente anclada en la conciencia nacional, el conflicto entre judíos y palestinos no provocaría tantos actos “anormales” y el proceso político seguramente no estaría en un callejón sin salida». Es imposible no estar de acuerdo con esa aseveración, pero llevándola a las últimas consecuencias: la desaparición de estos mitos que hemos llamado de legitimación supondría el fin de la excepcionalidad del Estado sionista –uno de los escasísimos Estados coloniales que quedan en el mundo– y abriría las puertas a la única solución –aunque extremadamente difícil– al drama de la región: un Estado binacional, al estilo del logrado en Sudáfrica que, lógicamente, pasaría por la eliminación de los infames bantustanes palestinos. Ahora se cumple el sexagésimo aniversario de la constitución del Estado de Israel, a través de un acuerdo abrumadoramente mayoritario de la ONU. Lo que se oculta es que la resolución 181 creaba dos Estados independientes, vinculados por una unión económica y en los que quedaban expresamente prohibidas las confiscaciones de tierras. Ciertamente, los árabes rechazaron una resolución injusta que daba a los judíos un territorio proporcionalmente muy superior a su población y en el que más de la mitad de la población era palestina; pero también lo es que los judíos tenían desde antes la voluntad de no respetar la resolución. Como dijo Ben Gurion, «estamos dispuestos a aceptar la creación de un Estado judío en una parte significativa de Palestina, al tiempo que afirmamos nuestro derecho sobre toda Palestina».
Así pues, el Estado de Israel fue fruto de un expolio. Eso no da medida de excepcionalidad porque una buena parte de los Estados del mundo tienen el mismo origen. Lo excepcional es que eso se produzca en nuestros días y basándose en una ideología (en el sentido de “falsa conciencia”) tan vacía de contenidos. Lo excepcional del Estado de Israel es la reclamación de su excepcionalidad.
En 1996 se publicó en España (Crítica, Barcelona) el monumental libro de Benzion Netanyahu (el padre de Binyamin) Los orígenes de la Inquisición española, cuya conclusión es que los judíos siempre estarán perseguidos. Hoy en día, cuando el antisemitismo es residual y en Occidente es más peligroso ser rumano, magrebí, turco o subsahariano, es llegado para Israel el momento de salir del infernal círculo vicioso de resentimiento y victimismo para impedir que la repugnancia que inspiran sus prácticas hacia los palestinos se transformen en un odio renovado e injusto hacia todos los judíos. Es el momento de saber que israelíes y palestinos comparten el mismo territorio, con demasiada historia, real o sagrada, a sus espaldas. Es el momento de seguir el consejo de Gide en su Los alimentos terrestres: «No aceptes. Desde el día que comprendas que el responsable de casi todos los males de la vida no es Dios, sino los hombres, no tomarás más el partido de esos males. No sacrifiques a los ídolos».
Fuente:http://www.nodo50.org/csca/agenda08/palestina/arti401.html

En un artículo revelador e inquietante, el escritor y periodista israelí Israel Shamir denuncia la virtual incautación de los fondos de víctimas del Holocausto para el financiamiento de la política israelí y el enriquecimiento personal de los gestores, en detrimento de los herederos de esos bienes. Entre los gestores de esta monumental estafa se encuentran políticos y hombres de negocios, alguno de los cuales fue mecenas del ex presidente Clinton, que intercedió ante la banca suiza para que les entregara bienes de depositantes judíos fallecidos.
Según la investigación, una comisión internacional creada por el magnate Edgar Bronfman y el dirigente laborista Abraham Burg, quien disputó recientemente la presidencia de su partido, se habría apoderado de gran parte de esa riqueza a través de asociaciones fantasmas. Un año después de la publicación del libro que puso al descubierto tales maniobras, están apareciendo nuevos detalles, jugosos e inesperados, sobre este sórdido complot. Si llegaran a confirmarse, estaríamos ante el atraco más importante perpetrado durante todo el siglo XX.
BANQUEROS Y LADRONES: LA INDUSTRIA DEL HOLOCAUSTO
Por Israel Shamir
El sábado 13 de octubre de 2001 el periódico The Times publicó la siguiente noticia: “El dinero del Holocausto judío era un mito”. Con ello se bajó definitivamente el telón de uno de los dramas más absurdos y odiosos de robo y pillaje.
Todo empezó en 1995, cuando dos importantes caballeros, Edgar Bronfman, presidente del Congreso Judío Mundial, y Abraham Burg, en aquel entonces una estrella ascendente de la política israelí, hicieron una visita a los bancos suizos con una misión humanitaria. “Tienen ustedes miles de millones de dólares depositados por los judíos antes de la Segunda Guerra Mundial“, dijeron. “Queremos que se nos devuelva ese dinero de inmediato, ahora que los supervivientes del Holocausto judío todavía están vivos. Dejemos que disfruten de una relativa tranquilidad durante los últimos años de sus vidas“. Bronfman y Burg eran ese tipo de hombres a quienes cualquier banco o compañía de seguros escucha con atención.
Edgar Bronfman heredó sus millones de su padre, Sam, un capo mafioso que amasó su fortuna mediante el tráfico ilegal de alcohol en Estados Unidos: durante la Ley Seca lo destilaba en Canadá y lo pasaba de contrabando con la ayuda de su banda de gangsters a través del lago Ontario. Pero Sam Bronfman ganó incluso más dinero como prestamista. Poco antes de su muerte, un reportero le preguntó que cuál era el invento más grande de la historia. Fiel a sí mismo, contestó que los intereses de los préstamos.
El capital obtenido con el crimen y esquilmado a los deudores puede servir en el mundo de la política. También en la política judía, puesto que no es preciso que a uno lo elijan para convertirse en una figura importante. Sólo hace falta alquilar dos habitaciones en un edificio de oficinas, colocar en la puerta un letrero de la Asociación Judía Mundial o de la Organización para la Liberación Judía y, sin más, ya forma uno parte del negocio. Esos títulos no están registrados.
El Congreso Judío Mundial de Bronfman era exactamente eso: una minúscula compañía con un nombre ostentoso. Antes de la llegada de Bronfman contó con algunos presidentes paternales y afables, tales como su predecesor, Nahum Goldmann, pero la organización no iba a ninguna parte ni cortaba realmente el bacalao. En cambio, con el inmenso capital de Bronfman se convirtió en una estructura de poder.
Avrum (Abraham) Burg, portavoz de la Knesset (Parlamento) israelí y candidato a la secretaría general del Partido Laborista de Israel (este año perdió los elecciones internas a manos del actual ministro de Defensa, Benjamín Ben Eliezer), es hijo del doctor Burg, un importante político -líder del Partido Religioso Nacional- que fue ministro durante cuarenta años, hasta el día de su muerte, de todos los gobiernos de Israel.
Su retoño Avrum ya había dado una nota en falso en el programa ABC Nightline del 2 de agosto de 2001, cuando describió a los palestinos como “gente con la que a uno no le gustaría casar a su hija“. Avrum Burg necesitaba un promotor para avanzar en la política, mientras que Edgar Bronfman necesitaba un socio digno de fiar para llevar a cabo su plan.
Ningún banco o compañía de seguros podía negarse a unos caballeros tan importantes. Tras una breve resistencia, los enanos suizos cedieron y los dirigentes titulares del pueblo judío se largaron con un montón de dinero en los bolsillos. “Estos judíos quieren robar nuestros bancos y nuestras compañías de seguros en nombre de su holocausto”, probablemente pensaron los banqueros, echando humo de indignación. Pero estaban equivocados.
Esta historia, que empezó como un cuento de hadas, siguió luego al pie de la letra el guión de cualquier película de atracos. Pasaron seis años y prácticamente ningún dinero salió de las magnánimas bolsas de las comisiones internacionales creadas por Bronfman y Burg. Los supervivientes del Holocausto no recibieron casi nada y el capital pasó a ser propiedad de quienes exigían justicia para las víctimas.
En fechas recientes, el respetado periódico Los Angeles Times afirmó: “Al parecer una comisión internacional, creada para resolver las disputas relativas a los seguros de los tiempos del Holocausto, se ha gastado más de treinta millones de dólares en salarios, facturas de hotel y anuncios de periódicos, pero sólo ha distribuido tres millones a los demandantes” .
Los miembros de la comisión convirtieron ésta en una agencia de viajes de lujo y en un centro de recreo, continuaba el Los Angeles Times: “Los documentos muestran que desde 1998 la comisión ha organizado al menos dieciocho reuniones de hasta 100 participantes en hoteles de Londres, Jerusalén, Roma, Washington y Nueva York“. En cuanto a la indemnización en compensación por el trabajo de esclavos durante la época nazi, The Independent informó que “mientras que las víctimas del Holocausto recibirán (quizá) entre 2.500 y 7.500 dólares norteamericanos, cada uno de los abogados “judíos” que negociaron el arreglo cobrarán más de un millón“.
Asimismo, The Times afirmó que los bancos suizos, tras verificar las cuentas bancarias inactivas, se encontraron con que ni siquiera pertenecían a las víctimas judías del Holocausto, sino principalmente a “gente rica no judía que se olvidó de su dinero“. Los suizos no entregaron mil quinientos millones de dólares norteamericanos a Bronfman y Burg porque estuviesen convencidos de sus reclamaciones, sino porque no tuvieron otro remedio, ya que Bronfman (junto con Mark Rich) era entonces un importante mecenas del presidente Bill Clinton, y Clinton seguramente los obligó a hacerlo, so pena tal vez de bombardear a Suiza.
Algunos aspectos de esta historia empezaron a aflorar a la superficie en Holocaust Industry (La industria del Holocausto), un libro bestseller de Norman Finkelstein, profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Finkelstein se oponía en él a los métodos extorsivos de las organizaciones judías. Éstas lo acusaron de mentiroso y de antisemita. Ahora, un año después de la publicación del libro, están apareciendo nuevos detalles, jugosos e inesperados, sobre esta sórdida maniobra.
Si llegaran a confirmarse, estaríamos ante el atraco más importante perpetrado durante todo el siglo XX.
Al parecer el profesor Finkelstein se equivocó en varias cosas: para decepción de quienes odian a los judíos, las víctimas del atraco fueron no solamente los bancos y las compañías de seguros, sino también gente ordinaria de origen judío. Para regocijo de quienes aman a los judíos, los atracadores eran los autodenominados líderes judíos que decían representar al pueblo judío.
Un banquero honrado
El hombre que hizo este descubrimiento es muy diferente del profesor neoyorquino Finkelstein. Martin Stern es un rico hombre de negocios británico, muy implicado en bienes raíces, así como en causas judías y sionistas. Trabaja en Londres y pasa los fines de semana en su amplio departamento del barrio ortodoxo de Jerusalén. No se pierde una sola oración en su sinagoga, hace obras de caridad y ama a Israel.
Fue su encuentro casual con un banquero suizo en Villar, un prestigioso enclave de los Alpes suizos, lo que puso en marcha la maquinaria de las reclamaciones del Holocausto. El banquero le contó a Stern una pequeña historia muy interesante. Su banco, Union Suisse (USB), informatizó sus archivos en 1987 y descubrió muchas cuentas inactivas desde 1939. Los gestores del banco llegaron a la conclusión de que unos cuarenta y cinco millones de francos suizos (treinta millones de dólares) de depósitos probablemente pertenecían a los judíos que fallecieron durante la guerra o después de ésta.
“Como no queríamos quedarnos con dinero ajeno -dijo el honrado banquero suizo-, nos pusimos en contacto con el Congreso Judío Mundial y les pedimos que nos ayudasen a encontrar a los herederos de aquellos fondos, pero el Congreso nos respondió que eso no era asunto suyo.”
Los suizos, desdeñosamente, transfirieron el dinero a la Cruz Roja.
Martin Stern se sintió conmovido por la historia y la contó en la radio israelí. Dos semanas después de la emisión, “como por casualidad”, Bronfman y Burg llamaban a la puerta de la Corporación de Bancos Suizos exigiendo el dinero.
Tal como se ha dicho más arriba, lo obtuvieron, pero se lo quedaron para sus propios fines. Martin Stern se sintió implicado y siguió el desarrollo de la historia.
Se sentía cada vez más intranquilo por la manera en que el dinero del Holocausto estaba siendo administrado. Aparte de sus propios salarios, el comité de reclamaciones desembolsó cuarenta y tres millones de dólares en bolsas de comida para los judíos rusos. Ni Bronfman ni Burg habían mencionado este asunto cuando fueron a los bancos suizos a exigir que se acelerasen los pagos a los supervivientes, a los propietarios del dinero. ¿Habían cambiado de planes?
Por circunstancias familiares, Stern se puso en contacto con la compañía de seguros Generali. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Generali era una compañía muy importante, propiedad de judíos italianos. “En aquel tiempo muchas compañías de seguros estaban en manos judías y funcionaban como pequeños bancos privados“, explica Stern. La Generali tenía muchos bienes en Palestina, así como en los Balcanes y en Italia. A pesar de la guerra, del fascismo italiano y del Holocausto, la Generali retuvo su conexión judía.
Sus directivos no quisieron seguir el ejemplo de los suizos y de los alemanes y negaron cualquier conocimiento de las pólizas anteriores a la guerra. Stern investigó por su cuenta y riesgo y logró encontrar el lugar secreto donde los directivos de la Generali guardaban las pólizas anteriores a la guerra, enterándose entonces de que la compañía era deudora de enormes sumas de dinero a los herederos de sus asegurados. Su descubrimiento forzó a la Generali a enmendar la plana, por lo que aceptó pagar, compensando personalmente a los beneficiarios.
La fortuna de los intermediarios
Ahora bien, si los fallecidos no hubieran sido judíos, sus herederos hubiesen cobrado el valor de las pólizas en la compañía de seguros o en un banco. Pero, tal como el lector ya habrá sospechado, nosotros los judíos somos diferentes. Lo somos porque padecemos un mal endémico que se llama ingenuidad, y por eso aceptamos tener un intermediario -los líderes judíos- a la hora de negociar con el resto del mundo, mayoritariamente gentil.
A partir de 1950, los líderes judíos hicieron una fortuna como intermediarios, ya que las compensaciones no fueron a parar a los herederos y a los supervivientes, sino a las pegajosas manos de los líderes. Los judíos israelíes estaban obligados a recibir las compensaciones y las pensiones a través del gobierno de Israel, mientras que los judíos europeos recibían el dinero directamente de los gentiles.
Aunque parezca mentira, los supervivientes que recibían los pagos de manos judías siempre obtenían menos, a veces mucho menos. El Estado judío, los bancos judíos y las organizaciones judías ganaban un porcentaje en cada transacción y no se privaban en absoluto. Cuando Israel sufría de una elevada inflación, las pensiones de los supervivientes estaban siempre indexadas a la baja. Los bancos no transferían los fondos a tiempo.
Cuando empezó la afluencia de judíos rusos a Israel, los líderes judíos llegaron a un acuerdo con Alemania para que costease a los supervivientes.
La parte del león de los fondos desbloqueados por los alemanes permaneció en manos de las organizaciones judías, los intermediarios y otros negociantes.
Todo aquel que se fió de nuestros propios hermanos terminó bien jodido, ya que el pasatiempo favorito de los bandidos judíos, de los banqueros judíos y de los líderes judíos consiste en robar a otros judíos. Una persona cínica diría: la idea de Pueblo Judío es de por sí el mejor invento de tales canallas.
En tiempos de nuestros abuelos no funcionaba así, ya que cualquier judío estaba al corriente de que un facineroso judío era capaz de robar a otro judío con mayor celeridad -a la velocidad del rayo- que a un gentil. Pero ahora nos hemos olvidado de esa importantísima noción.
El Fondo Generali
Una vez que Martin Stern encontró las pólizas, la compañía de seguros Generali aceptó cooperar y pagar. Pero los políticos israelíes y judíos deseaban permanecer en el terreno de juego. Negociaron una indemnización fija con la Generali en nombre de los beneficiarios judíos de las pólizas. Se trataba de una idea absurda, pues los judíos, ya sean un grupo religioso o étnico, aseguran sus vidas como personas privadas. Más aún, nunca dieron poderes a los políticos israelíes para representarlos. Pero estos negociaron la indemnización, recibieron cien millones de dólares, les pusieron el nombre de Fondo Generali y empezaron a gestionarlo como si fuese suyo.
En junio de 2001, de 1250 solicitudes de información recibidas sobre las pólizas, el Fondo Generali había respondido sólo a 72. Los beneficiarios eran mareados a derecha o a izquierda, a menudo los rechazaban sin razón alguna o incluso no recibían respuesta. Desesperados, llamaron a la puerta de los italianos, que les pagaron de inmediato. Esto es una prueba adicional de que nosotros, los judíos, necesitamos intermediarios judíos tanto como un pez necesita un traje de baño.
Al mismo tiempo, los administradores del Fondo efectuaron 270 “pagos humanitarios ex gratia”: enviaron bolsas de comida a los judíos rusos para atraerlos a Israel. Estoy seguro de que la compañía Generali se sentiría muy feliz de alimentar a los judíos rusos y de incrementar su celo sionista, pero ¿por qué los políticos israelíes no lo hicieron mientras negociaban el arreglo?
Martin Stern descubrió que los administradores del Fondo hacían frecuentes viajes a Italia a expensas del Fondo y, cuando eso les parecía poco, no dudaban en exigir pagos sustanciales a la compañía Generali.
El problema cruzó el océano y los reclamantes norteamericanos descubrieron que sus reclamaciones habían sido “resueltas” por los políticos. Las organizaciones judías de norteamericanos apoyaron a sus colegas israelíes. Un peón importante en dicho sistema fue Lawrence Eagleburger, un antiguo Secretario de Estado de los Estados Unidos. Este gran hombre preside la comisión de líderes judíos que se ocupa de las reclamaciones de seguros relacionadas con el Holocausto y cobra un salario anual de 350.000 dólares.
Según Stern, el dinero de las compensaciones apenas llegaría para pagar a los beneficiarios de las pólizas y por eso se siente horrorizado ante la facilidad con que Bronfman y Burg se gastan los fondos en otras cosas.
Los banqueros israelíes no tienen apuro
Las organizaciones judías fueron intransigentes con los bancos suizos y alemanes, pero mucho más tímidas a la hora de tratar con un banco judío. El Banco Leumi de Israel atesora probablemente más fondos de los judíos fallecidos que cualquier banco suizo o alemán.
Parece cosa de risa, pero los banqueros israelíes no tienen prisa alguna por devolver el dinero. De hecho, éste se les pega a los dedos como engrudo.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, muchos judíos europeos depositaron sus ahorros en el Banco Anglo-Palestino, que era el nombre del Banco Leumi antes de 1948. Algunos hicieron depósitos y otros alquilaron cofres de seguridad. Pero los clientes no eran sólo judíos y el banco es depositario de inmensas fortunas de los cristianos y de los musulmanes palestinos.
Muchos palestinos perdieron sus depósitos durante el gran zafarrancho de 1948. Los bancos israelíes utilizaron todos los medios posibles para bloquear el dinero y hacerlo desaparecer conforme aumentaba la inflación. Pero a los judíos no les fue mejor. Parece ser que el peor sitio en que un judío puede depositar su dinero con seguridad es el Banco Leumi, es decir el Banco Nacional de Israel. Los supervivientes del Holocausto y los herederos de las víctimas se encontraron con la negativa tajante del Banco Leumi para inspeccionar su documentación.
El Banco Leumi, en trámites de privatización, era una propiedad compartida por la Generali. La compañía de seguros Migdal, la Generali y el Banco Leumi constituyen un entramado de sociedades y de hombres de negocios de dudoso historial. Algunos de esos individuos pertenecen al mismo tiempo al consejo de administració n de las compañías, comparten beneficios y saltan con facilidad de fondo en fondo.
Martín Stern descubrió que, en los años cincuenta, el personal del Banco Leumi, sin control ni supervisión externa y sin dejar constancia por escrito, abrió todos los cofres de seguridad inactivos. Sus contenidos fueron introducidos en sobres marrones y depositados al abrigo del control público.
Como detalle de interés, Stern tuvo noticias de un baúl que permaneció durante años en las oficinas del Banco Leumi, para desesperación de las secretarias, que se enganchaban las medias en sus esquinas. Cuando el baúl fue abierto, en su interior se encontró un verdadero tesoro, aparentemente depositado por una iglesia copta. Al día de hoy, el baúl no ha sido devuelto a dicha iglesia.
Martín Stern no podía creer que fuera posible un incumplimiento tan flagrante de las leyes bancarias. Durante su lucha en favor de los intereses de los supervivientes del Holocausto y de sus herederos, exigió que los representantes del Banco Leumi publicasen los nombres de los propietarios de los cofres de seguridad cuyos depósitos habían sido retirados por el banco.
Al principio, la directora general de éste, Galia Maor, negó que el banco hubiese abierto los cofres. Confrontada con las pruebas de lo contrario, replicó severamente que “sólo encontramos cartas de amor”. Me pregunto si una respuesta como ésta, de haberla dado los suizos, hubiera sido aceptable para las organizaciones judías.
El destino de los depósitos en dinero no ha sido diferente del de los cofres de seguridad, puesto que el Banco Leumi ha salido ganando de cualquier manera. Una tal señora Klausne, antes de la Segunda Guerra Mundial, depositó en el Banco Leumi 170 libras esterlinas, el equivalente de 25.000 dólares de acuerdo con el valor actual. Cuando fue a reclamar su depósito, el Banco Leumi le ofreció 4 dólares. Con vistas a evitar futuros problemas, el personal del banco empezó a destruir toda la vieja documentación.
Los trucos utilizados por el Banco Leumi llamaron la atención de la prensa israelí y de la Knesset , que nombró una comisión parlamentaria para investigar el asunto. Se necesitaron seis meses de intensas negociaciones para formar la comisión, pero sus estatutos adolecían de una falla manifiesta. Los supervivientes exigían encontrar a las personas responsables de haber escondido sus fondos durante medio siglo. Esta exigencia no fue incluida.
Peor aún, la comisión cuenta entre sus miembros con personas responsables de dicho estado de cosas. Zvi Barak, que fue miembro gestor del Banco Leumi y que también lo es del Fondo Generali, fue enviado a investigar a los bancos suizos y ahora se supone que debe encontrar a los culpables en su propio banco.
Michael Kleiner, un parlamentario de derecha por el Partido Herut, escribió lo siguiente a la comisión parlamentaria: “El banco destruye documentos en dos secciones diferentes y ahora existen grandes sospechas relacionadas con los depósitos del Holocausto y especialmente con los sobres marrones de las cajas de seguridad”·
En fechas recientes, el Banco Leumi alcanzó notoriedad por el lavado de dinero que ha llevado a cabo en gran escala cuando las fortunas robadas por Vladimiro Montesinos y su jefe Alberto Fujimori -el ex presidente de Perú- fueron detectadas en sus oficinas de Suiza. La palabra “lavado” no tiene sentido si se aplica a dicho banco, ya que cualquier pañuelo que pasara por él saldría más sucio de lo que estaba.
El concepto feudal de judaísmo
El triunfo más importante de los líderes judíos tuvo lugar en Alemania en 1991, cuando la Alemania del Este fue unificada con la República Federal de Alemania. Después de 1945, la Alemania socialista no devolvió los bienes a los propietarios alemanes de antes de la guerra, ya fuesen gentiles o judíos. Su lógica era impecable: los alemanes del Este no aceptaban la noción de Pueblo Judío y consideraban por igual a todos los ciudadanos alemanes, judíos o no. Pensaban que la idea nazi de la separación de los judíos se había acabado en 1945.
Estaban equivocados. La Alemania Federal aceptó el concepto feudal del judaísmo en 1950, cuando pagó compensación por las propiedades judías, pero no a los supervivientes o a sus herederos, sino al Estado de Israel y a los líderes judíos en cualquier sitio que estuviesen. En 1991, tras la reunificación, lo hizo de nuevo.
Por ejemplo, dos alemanes, Moses y Peter, murieron en la guerra y dejaron algunas propiedades en Alemania del Este. Las propiedades de Peter, el gentil, permanecieron bajo la custodia del gobierno alemán hasta que su heredero fue encontrado. Si no hubiera tenido herederos, la propiedad hubiese permanecido en manos del gobierno alemán.
Pero la propiedad de Moses, el judío, hubiera pasado a las manos de los señores Bronfman y Burg, en su calidad de líderes y representantes del Pueblo Judío y de miembros de la Conferencia para las Reclamaciones.
El Estado alemán transfirió las propiedades que pertenecían a sus ciudadanos judíos en el territorio de la Alemania del Este a las manos de la Conferencia.
Dicha Conferencia era un organismo ficticio de 44 hombres que no representaban a nadie. Algunos de ellos, por ejemplo, fueron enviados por una sociedad pomposamente denominada Asociación Anglo-Judía, que cuenta con unos 50 miembros. Sólo dos personas “representaban” a millones de judíos israelíes. Esta Conferencia supuestamente debía encontrar a los herederos de Moses y a otros alemanes de origen judío.
Sin embargo, los líderes judíos tuvieron una idea mejor. Sabían que muchos propietarios nunca iban a reclamar sus casas y, por lo tanto, la propiedad de éstas pasaría a sus manos. Pero eso no era suficiente para tales sinvergüenzas.
Establecieron una fecha límite, tras la cual sería imposible considerar cualquier reclamación de los herederos. Fue un golpe de genio típicamente judío: unos 30.000 millones de dólares en propiedades pasaron a sus manos de manera totalmente “legal”.
A partir de ese momento, se tomaron con tranquilidad las reclamaciones de los legítimos herederos, mientras que sumas inmensas, procedentes de los alquileres, se iban acumulando en sus cuentas bancarias.
Las organizaciones norteamericanas de supervivientes judíos han iniciado su lucha contra los líderes judíos. Exigen que la Conferencia haga pública una lista completa de sus bienes, que encuentre a los legítimos herederos y les devuelvan sus propiedades. Están pensando en llevar a los tribunales a Alemania, a Italia. Afirman que la propiedad sólo puede ser de judíos individuales y niegan la validez de esa extraña “propiedad judía”. Tal como prueba esta historia, tales ideas son buenas para que los autoproclamados líderes judíos mantengan el nivel de vida a que están acostumbrados, pero no para las personas ordinarias de origen judío, que deberían de olvidarse, de una vez por todas, de esa costosísima ilusión denominada solidaridad judía.
La fuente: Israel Shamir es uno de los más conocidos y respetados intelectuales israelíes de origen ruso. Es periodista, escritor y traductor. Muchos de sus artículos han sido publicados por medios tales como el diario israelí Haartez, la cadena británica BBC y el matutino ruso Pravda. Tradujo obras de Agnon, Joyce y Homero al ruso. Entre sus libros se encuentran Travels With My Son y The Pine and the Olive. Vive en Jaffa. Puede visitarse su página web en www.israelshamir. net. La traducción de este artículo al castellano pertenece a Manuel Talents.
Fuente: Tsunami Polìtico

Fin del muro de la limpieza étnica contra el pueblo aborigen palestino
Fin del muro antisemita del Estado colonial de Israel
Fin del muro de la Vergüenza
La aberrante construcción del muro racista evoca pasados obscenos y amargos de la historia de la humanidad, esta edificación nos acerca al horror y nos aleja de la ternura, la belleza y la esperanza humana.
El muro que se construye en los Territorios Ocupados de Cisjordania-Palestina obedece a puras razones de limpieza étnica contra la población palestina, y no es por la seguridad del Estado colonial de Israel… entendiendo que su seguridad realmente consiste en retirarse de los Territorios ocupados. Ocupación que opera ilegalmente desde hace 41 años.
En el seno de la aria Europa nace el movimiento sionista, estos logran fabricar un Estado segregacionista en palestina exclusivo para los de religión judía.
El sionismo penetra las instancias internacionales y logra que en 1947 la ONU sin la representación de una delegación palestina, se decida por la partición de la Palestina Histórica, hecho ilegal ya que la ONU no está facultada para dividir el territorio de ningún pueblo del mundo, más bien todo lo contrario… Se otorga un 56% para la creación de un Estado Judío y un 43% para un Estado árabe (palestino) y un 1% a Jerusalén como territorio internacional.
En 1948 el sionismo declara la creación del Estado judío, llamado Israel sobre el 78% de los territorios de Palestina y no sobre el 56% que le fueron asignados por la ONU. Además la creación del Estado de Israel va acompañada de un plan de genocidio y expulsión contra la población nativa.
En 1967el Estado colonial de Israel ocupa militarmente el otro resto de Palestina, los llamados Territorios Ocupados,
Ya el Estado colonial de Israel ha ocupado todo el territorio del pueblo palestino, Palestina ha desaparecido del mapa.
Esta identidad colonial quien mientras masacraba y expulsaba al nativo, paralelamente expresaba al mundo: “ es una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, la incongruencia y a pesar que Israel ya ha tomado toda Palestina, descubre que su gran problema no es topográfico sino demográfico. Además esta identidad colonial sabe que dentro de algunos años la población nativa igualará a la población colonial.
Es por esto que el colonialismo se apresura ante un plan que interrumpa ese ritmo demográfico ya que Israel como identidad de naturaleza colonial y segregacionista se siente amenazado.
En el 2002 comienza la construcción del Muro del Apartheid de 765 kilómetros de largo y 11 metros de alto, dentro de los Territorios Ocupados, hecho ilegal ya que la IV Convención de Ginebra establece que toda fuerza ocupante no debe hacer construcciones o modificaciones dentro de un área ocupada. Recordando también que la Ocupación en sí igualmente es ilegal, Resolución 242 de la ONU en la que exige a Israel desde hace 41 años retirarse de los Territorios Ocupados.
Otra prueba que este muro obedece a puras razones de limpieza étnica, es que su trazado no es entre la frontera de Israel y Cisjordania sino que está construido dentro de Cisjordania en la que han tomado más del 58% de esas tierras, han tomado las zonas más fértiles, los grandes cultivos y fuentes de agua. Han destruido centrales eléctricas, escuelas hospitales, fabricas, carreteras y miles de casas. El muro atraviesa las grandes urbes palestinas para impedir el crecimiento natural de sus municipios. Son trazados en formas curvas que cercan a las comunidades palestinas dejando algunos portones de entrada y salida bajo un horario establecido. Lo que antes tomaba 15 minutos ahora toma 3 o 8 horas de traslado además mayor costo de trasporte. Muchas comunidades quedaron aisladas de sus campos de cultivo, trabajo, escuelas y hospitales. 680.000 palestinos perdieron su acceso al trabajo. Cientos de miles de niños quedaron sin escuelas, la Unicef pronostica un riesgo de analfabetismo en la nueva generación.
El Muro está acompañado de 700 alcabalas militares y a veces más, el mismo es un sistema de opresión, humillación, pánico, asesinatos y torturas. Opera con fines de fracturar moral y emocionalmente a los palestinos, es un sistema de calabozo colectivo. Muchas mujeres han tenido que parir en las alcabalas ya que no les permiten pasar para ir al hospital e incluso algunas han perdido sus bebes. Una persona que se dirige a su trabajo tal vez le permitan pasar pero en la segunda alcabalas lo detienen 9 horas o lo hacen regresar. Hay días en que las alcabalas no las abren y nadie de la comunidad puede salir. Las alcabalas bloquean el ingreso de alimentos, medicina etc.
A parte del muro y las alcabalas existen grandes construcciones de complejos de viviendas para israelíes dentro de los Territorios Ocupados palestinos, (con avenidas exclusivas para colonos), hecho que viola la IV Convención de Ginebra, donde estipula que toda fuerza ocupante no debe implantar población dentro de ningún territorio ocupado. Un palestino tiene permitido sólo consumir 100 metros cúbicos de agua por año, mientras que un colono consume más de 2459 metros cúbicos de agua por año. La deforestación ha afectado a la flora y la fauna en los Territorios Ocupados, destruyendo un millón doscientos mil de árboles frutales sobre todo olivares. Los olivares forman parte de la alimentación básica del pueblo palestino y de su economía. De los campos de oliva fluye gran parte de la historia de Palestina, sus cantos poesía, rituales, mitos e identidad, su memoria e imaginario. Israel sabe que destruyendo los campos de olivares destruye las entrañas de los nativos.
Este muro que es un crimen de lesa humanidad y que fue condenado por la Corte Penal Internacional, descaradamente el Banco Mundial es uno de los financista de esta edificación.
El muro sirve para estrangular la infraestructura social, económica y política de la población nativa Palestina. La Intención de Israel es fracturar toda posibilidad de un futuro Estado Palestino.
La ecuación consiste en aislar, bloquear a la población nativa de sus necesidades primarias, engendrarle pánico y desgaste emocional, hambre, más las masacres, bombardeos y así hacer que estos se vean en la obligación de abandonar sus territorios y fraguar de esta manera una limpieza étnica. Como testimonian los palestinos: < el muro es una cámara de gas invisible, lenta e intensa pero nunca abandonaremos nuestra tierra>.
Asociación de Socorro al Pueblo Palestino, CANAAN.
Rubén Mendoza
Foro Itinerante de Participación Popular
Hindu Anderi
ANMCLA. Asociación Nacional de Medios Comunitarios Libres y Alternativos
Fernando Pinto
Centro Palestino
Samir Mahmud
Los pasillos casi desiertos del principal hospital de Gaza el lunes son testigo del debilitado estado del sistema de salud en el territorio controlado por Hamas.
La escasez crítica de medicamentos, la falta de repuestos para equipos médicos y una huelga de dos meses de los trabajadores sanitarios se han combinado para agregar más miseria a las vidas de los 1,5 millones de habitantes de la empobrecida Franja de Gaza.
En el Hospital Shifa, Ibrahin Gosha esperaba en vano a un técnico que arreglara la máquina de diálisis para tratar su problema renal.
“Es todo cuestión de suerte. Vienes una vez y la máquina está funcionando, vienes otra y está estropeada”, dijo Gosha.
La semana pasada, el Comité Internacional de la Cruzo Roja (CICR) dijo que virtualmente ningún suministro médico está llegando a la Franja de Gaza, poniendo en riesgo las vidas de cientos de pacientes seriamente enfermos.
El número de intervenciones quirúrgicas ha caído en un 40 por ciento en los hospitales de la zona, mientras que las admisiones bajaron un 30 por ciento, dijo el CICR.
La organización culpó al “estancamiento de la cooperación” entre las autoridades palestinas en Cisjordania, controlada por la facción Fatah del presidente Mahmoud Abbas, y Hamas para la importación de suministros médicos, que ha bajado a mínimos.
El CICR también instó a Israel, que ha intensificado el bloqueo después de que Hamas tomara de Fatah el control del territorio en junio del 2007, a facilitar la entrega oportuna de suministros y equipos médicos.
El director general de Shifa, Hussein Ashour, dijo que las reservas del hospital para 90 tipos de fármacos han desaparecido, incluyendo las necesarias para tratar los casos de cáncer.
La mayor parte de los equipos de escáneres médicos del hospital están inoperativos, por lo que se les pide a los pacientes que vayan a centros privados de salud, dijo.
“Incluso nos falta papel (formularios oficiales), por lo que a veces escribimos en el reverso de un papel usado o utilizamos los cuadernos escolares como recetarios”, dijo Ashour.
Cirugía Cardíaca
Los doctores dijeron que Shifa también tuvo que suspender las operaciones cardíacas el año pasado por la falta de repuestos para reparar los equipos que se necesitan para las intervenciones.
Antoine Grand, representante del CICR en la Franja de Gaza, pidió a las autoridades de Fatah y Hamas dejar de lado su rivalidad y cooperar para “que el sector salud no sufra”.
Grand dijo que la Cruz Roja continua proveyendo a los centros hospitalarios con lo que llamó asistencia “salvavidas”, pero eso sólo podría aliviar parcialmente la crisis.
Por su parte, el director del Programa de Salud Mental de Gaza, Eyad El-Sarraj, dijo que las condiciones mentales de la población también se están deteriorando debido al desempleo y la pobreza, incrementados por el bloqueo de Israel sobre la zona.
Dijo que su departamento ha invitado a docenas de médicos y expertos en salud mental extranjeros, incluyendo israelitas, a la Franja de Gaza para debatir el problema, pero que Israel les negó la entrada al territorio.
“La situación de la salud mental es bastante seria en Gaza y tememos por las futuras generaciones de niños que crecen hoy en este entorno de privaciones, desespero y desesperanza”, dijo Sarraj a Reuters.